La velocidad con la que una víctima denuncia una estafa digital puede definir si existe alguna posibilidad de seguir el recorrido del dinero. El consultor en ciberseguridad Alberto Pietrobon explicó que, en las primeras horas posteriores al fraude, las transferencias todavía pueden dejar rastros útiles para una investigación.
El especialista advirtió que estos delitos ya no responden a maniobras improvisadas. Detrás de muchas operaciones aparecen organizaciones criminales que reparten tareas, usan cuentas intermediarias y recurren a herramientas tecnológicas para hacer más creíble el engaño.
Las cuentas mulas, el primer eslabón del fraude
Pietrobon señaló que, después de una estafa, el dinero suele ingresar primero en una cuenta que no pertenece al responsable final de la maniobra. Esas cuentas, conocidas como cuentas mulas, funcionan como una pantalla para desviar la investigación.
Según explicó, en los grupos más profesionalizados esas cuentas pueden ser alquiladas o utilizadas por personas que reciben una comisión. Ese primer movimiento es central porque, si la Justicia interviene rápido, puede pedir el congelamiento de la cuenta inicial.
El especialista remarcó que el dinero deja huellas digitales, pero también aclaró que seguir el rastro se vuelve más difícil cuando los fondos son convertidos en criptomonedas.
Por eso, la denuncia inmediata aparece como una de las herramientas más importantes para intentar frenar el circuito de dispersión.
Pietrobon también diferenció los casos que involucran a bancos de aquellos en los que intervienen billeteras virtuales. Indicó que las entidades bancarias tienen más exigencias regulatorias y mayores mecanismos de seguridad, mientras que algunas billeteras digitales permiten aperturas más ágiles, lo que puede complicar la identificación de los responsables y la recuperación del dinero.
Del engaño simple a las operaciones con estructura
El consultor sostuvo que las ciberestafas cambiaron porque también cambió el comportamiento de las víctimas. Modalidades que antes funcionaban con mayor facilidad comenzaron a perder impacto por las campañas de prevención y por medidas como la verificación en dos pasos de WhatsApp.
Frente a esa pérdida de efectividad, los delincuentes pasaron a diseñar estrategias más complejas. Pietrobon describió organizaciones con roles divididos: algunos integrantes pagan publicidad para posicionar contenidos falsos en redes sociales o buscadores; otros administran las cuentas receptoras; y un tercer sector se ocupa de mover el dinero para dificultar el seguimiento.
Ese nivel de organización amplió el perfil de las víctimas. El especialista sostuvo que ya no caen solo adultos mayores o personas con pocos conocimientos tecnológicos.
También son engañados profesionales, empresarios y usuarios con experiencia digital, porque las maniobras están pensadas para parecer legítimas.
Notas falsas, inversiones inexistentes y figuras públicas
Una de las modalidades mencionadas por Pietrobon consiste en clonar o modificar notas periodísticas para promocionar supuestas plataformas de inversión. En esos casos, los delincuentes replican la estética de medios reconocidos y usan la imagen de personas conocidas para generar confianza.
El especialista contó que investigó un caso reciente en el que un damnificado perdió más de 700 millones de pesos. La maniobra se apoyaba en una puesta en escena más elaborada que la de los fraudes tradicionales.
Sitios web casi idénticos a los verdaderos, perfiles falsos con apariencia real, campañas pagas y recursos de inteligencia artificial reducen las señales de alerta que antes podían ayudar a detectar una estafa.
Según Pietrobon, la inteligencia artificial no solo permite crear imágenes o videos falsos. También puede utilizarse para sostener experiencias más prolongadas, como aplicaciones apócrifas que muestran supuestas ganancias o inversiones inexistentes. Incluso personas con conocimientos técnicos pueden creer en esas plataformas durante los primeros minutos.
El peso de la manipulación emocional
Más allá de la tecnología, Pietrobon remarcó que la presión psicológica sigue siendo un componente decisivo. Los estafadores buscan que la víctima no consulte con su entorno y le presentan la propuesta como una oportunidad privada o exclusiva.
Como ejemplo, mencionó una investigación en General Madariaga vinculada a una estafa romántica. Una mujer creyó mantener una relación virtual con el actor Kevin Costner tras pagar una supuesta membresía VIP para comunicarse con él.
La maniobra avanzó durante semanas con conversaciones sostenidas, credenciales digitales generadas con inteligencia artificial y promesas de un encuentro. Según relató el especialista, la víctima transfirió 3,6 millones de pesos y llegó a evaluar la venta de su vivienda para mudarse cerca del supuesto actor en Santa Mónica.
Grooming y riesgos para menores
Pietrobon también alertó sobre el uso de inteligencia artificial en delitos contra niñas, niños y adolescentes. En el caso del grooming, explicó que un adulto se hace pasar por un menor para construir un vínculo de confianza y obtener imágenes íntimas, información personal o ejercer extorsión.
El especialista indicó que los delitos más frecuentes terminan siendo el robo de información y la extorsión mediante amenazas de difusión de imágenes o datos personales.
La posibilidad de crear perfiles falsos, alterar imágenes o simular identidades hace más difícil que los menores identifiquen a la persona que está del otro lado de la pantalla. Por eso, Pietrobon remarcó la necesidad de acompañamiento familiar, educación digital temprana y denuncia inmediata ante casos de suplantación de identidad o contenido sospechoso.




